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Más allá de la etiqueta de latino: una mirada indígena al legado de Dolores Huerta

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Compartimos la reciente columna de opinión escrita por, Arcenio J. López, publicada originalmente en EL PAÍS US. En este texto, Arcenio reflexiona sobre la importancia de visibilizar las identidades de los pueblos indígenas sin diluirlas bajo etiquetas generales.

Su lucha no se limitó a los derechos de los trabajadores agrícolas; también expresó solidaridad con otras comunidades históricamente oprimidas. Esa amplitud importa.

Podemos honrar a quienes lucharon por la justicia sin convertirlos en figuras perfectas. También podemos construir movimientos de solidaridad sin exigir que los pueblos indígenas renunciemos a nuestra identidad para pertenecer a ellos.

Cuando comencé mi camino como líder comunitario, buscaba referentes públicos y movimientos sociales que reflejaran mi propia historia. Así conocí a Dolores Huerta y la lucha del Sindicato de Trabajadores Agrícolas Unidos (UFW), que durante décadas defendió mejores salarios y condiciones laborales para los trabajadores del campo.

Llegué a Oxnard, California, en 2003. Trabajé un año en los campos de fresa y después tres años empacando verduras, ganando el salario mínimo. Me pagaban 1,20 dólares por una caja con doce canastitas de fresas, mientras cada canastita podía venderse en el supermercado por aproximadamente 2,50. Antes de conocer las palabras para describir la explotación laboral, ya conocía su realidad en mi cuerpo.

En 2006 me incorporé al Proyecto de Organización Comunitaria Mixteco/Indígena (MICOP). Allí aprendí más sobre la historia del movimiento campesino y el papel de Dolores. Su lucha me ayudó a comprender que las condiciones que yo había vivido formaban parte de una historia más amplia de organización y resistencia.

En septiembre de 2017, participé en un panel con Dolores en el Kennedy Center, en Washington, D. C., durante el encuentro First Americans + New Americans: Forging Shared Narratives Around Culture, Identity, and Citizenship (Los primeros estadounidenses y los nuevos estadounidenses: la creación de narrativas compartidas en torno a la cultura, la identidad y la ciudadanía ), organizado por Art Change US.

Durante una conversación sobre la identidad latina, expresé algo fundamental para mí: “No me identifico como latino ni como hispano. Soy indígena”.

Para muchas personas, las categorías latino e hispano representan una identidad compartida. Sin embargo, para los pueblos indígenas también pueden borrar diferencias fundamentales. Cuando nuestras identidades se reducen a etiquetas generales, nuestras lenguas, historias, necesidades y formas propias de organización quedan invisibilizadas en las estadísticas, las políticas públicas y los movimientos sociales.

Soy Ñuu Savi. Mi pueblo tiene su propia lengua, historia, organización comunitaria y conocimientos ancestrales. No somos simplemente una variante cultural de la identidad latina. Somos un pueblo con una identidad propia que existía mucho antes de que se establecieran las categorías coloniales que hoy intentan definirnos.

Dolores escuchó lo que compartí. Después se acercó, me estrechó la mano y me preguntó de qué parte de Oaxaca era. Me dijo que amaba Oaxaca y me animó a continuar la lucha.

Ese momento permanece conmigo. No porque resolviera las tensiones entre los movimientos sociales y los pueblos indígenas, sino porque me recordó la importancia de escuchar, reconocer las diferencias y mantener abiertas las posibilidades de diálogo.

También me invita a mirar a Dolores como una persona, no como un ícono perfecto. Fue madre y luchadora social. Esas dos realidades pueden coexistir, aunque no siempre de manera sencilla o perfecta. Con frecuencia, las mujeres que lideran movimientos sociales enfrentan expectativas imposibles: se espera que transformen el mundo y, al mismo tiempo, que cumplan todos los papeles personales y familiares sin contradicciones. Pocas veces reconocemos la complejidad de navegar esas responsabilidades.

Podemos reconocer sus imperfecciones sin negar su compromiso. Su lucha no se limitó a los derechos de los trabajadores agrícolas; también expresó solidaridad con otras comunidades históricamente oprimidas. Esa amplitud importa. La solidaridad no exige que seamos iguales, sino que aprendamos a luchar juntos sin borrar nuestras diferencias.

En 2018 volví a encontrarme con Dolores durante Vela Muxe LA, la celebración anual en Los Ángeles de la comunidad muxe, un pueblo indígena zapoteco de Oaxaca con una identidad de género propia. Llevaba mi cámara y le pregunté si podía tomarme una fotografía con ella. Sonrió y aceptó. Verla con un huipil tehuano en una celebración de la cultura muxe fue un momento que permaneció conmigo.

Años después, vi una entrevista en la que Dolores invitaba a reflexionar sobre el uso de los términos latino, Latinx e hispano por respeto a las comunidades indígenas. No puedo afirmar que nuestra conversación influyera en su perspectiva. Lo que sí puedo reconocer es el valor de continuar cuestionando las categorías que utilizamos y escuchar a quienes históricamente han sido excluidos de esas conversaciones.

Los movimientos por la justicia no están libres de reproducir las mismas formas de exclusión que buscan combatir. Reconocerlo no debilita nuestras luchas; nos ofrece la oportunidad de hacerlas más honestas, inclusivas y transformadoras.

Los pueblos indígenas no deberíamos tener que desaparecer dentro de la identidad de otras personas para ganarnos un lugar en la lucha por la justicia.

Hoy puedo honrar a Dolores Huerta sin pretender que fue perfecta. Puedo reconocer su valentía, su compromiso y sus contribuciones, al mismo tiempo que sostengo la necesidad de que los pueblos indígenas seamos escuchados y reconocidos desde nuestras propias identidades.

Nuestra lucha consiste en recuperar nuestro lugar como pueblos indígenas, nombrarnos desde nuestras propias lenguas y experiencias, y ejercer nuestro derecho a ser autores de nuestra propia historia.

Hoy celebramos la vida de Dolores Huerta, su valentía y su compromiso con la justicia y la dignidad de las comunidades históricamente oprimidas. Que su legado nos recuerde que la solidaridad exige escuchar, cuestionarnos y seguir luchando colectivamente por un mundo donde ningún pueblo tenga que renunciar a su identidad para ser libre.

Publicado originalmente en en EL PAÍS. AQUÍ

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